¿Acaso no escriben las mujeres?

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“Lo que sigue no pretende ser una historia. Más bien, es el esbozo de una herramienta analítica: patrones que se repiten en las técnicas para acabar con la escritura de las mujeres”

En el Día del Libro es ilustrativo recordar que el Premio Nacional de Narrativa ha sido concedido, en sus treinta y ocho ediciones, a dos mujeres. El Premio Nacional de las Letras a cuatro mujeres en veintidós años. El Premio Cervantes, en veintidós años, ha sido otorgado a mujeres en tres ocasiones.

¿Qué sucede? ¿Acaso no escriben las mujeres? Habrá quien diga que, bueno, que poco a poco, que con el tiempo las cosas irán cambiando. Y no. En las últimas décadas si a pesar de un acceso igualitario a educación y a cultura en nuestro país, las mujeres que escriben no son reconocidas mediante premios literarios el motivo sólo puede ser uno, que son mujeres.

El libro de Joanna Russ titulado Cómo acabar con la escritura de las mujeres fue publicado por primera vez en 1983. Casi cuarenta años después, su análisis del valor que se otorga a las obras literarias de autoría femenina sigue tristemente vigente.

Se trata de un asunto de poder. La relación entre mujeres y literatura, como cualquier ámbito en que juega un papel decisivo el prestigio social, se rigen por dinámicas de poder como ya exploró magistralmente la gran Virginia Woolf en Una habitación propia.

Y así, resulta ser que el mundo editorial y literario son áreas de nuestra vida social donde la inercia androcéntrica parece más arraigada. La composición de jurados de los principales premios literarios es un buen indicativo del control masculino de los dispositivos de reconocimiento público. También lo es la gran discrepancia – sobre la que Laura Freixas llamó la atención en su libro Literatura y mujeres – entre la visibilidad mediática que se brinda a algunas escritoras y las cifras reales de número de publicaciones de hombres y mujeres. Todo esto nos da una idea de lo poco que hemos avanzado.

La relación entre mujeres y literatura, como cualquier ámbito en que juega un papel decisivo el prestigio social, se rigen por dinámicas de poder como ya exploró magistralmente la gran Virginia Woolf en Una habitación propia.

“La invisibilidad social de la experiencia de las mujeres no es “un fracaso de la comunicación humana”. Se trata de un sesgo tramado a nivel social que ha persistido mucho después de que la información acerca de la experiencia femenina esté disponible…. Es… mala fe.”

En Cómo acabar con la escritura de las mujeres Joanna Russ desmenuza, e ilustra con obras literarias, los mecanismos sociales y discursivos repetidos a lo largo del tiempo para despreciar, negar o arrinconar la labor escritora de las mujeres. La historia de la literatura podría verse como la historia de la disuasión, ocultación y degradación de la literatura de autoras. Russ describe minuciosamente algunos patrones y estrategias que se han dado tradicionalmente, algunas de las cuales permanecen inalterables todavía hoy, para acabar con la escritura de las mujeres

El más antiguo de estos mecanismos es la prohibición. Ya sea directa o velada a través del desánimo, la falta de acceso a la educación, la pobreza o el socavamiento de la autoestima, que una mujer escriba ha sido, y en mucho lugares continúa siendo, un acto subversivo.

Negar la autoría es otra de las respuestas clásicas ante obras literarias femeninas, tanto en su forma directa – decir que ella no lo escribió – como en su versión indirecta – decir que si lo ha escrito ella, no puede ser una mujer. A esta última forma la llama Russ “contaminación de autoría”. La propia Simone de Beauvoir dejó escrito cómo su padre solía decirle que “pensaba como un hombre”. Se entiende que si era brillante, no podía ser una mujer.

Y así, los modos despectivos se diversifican: aplicar doble rasero al contenido – si lo ha escrito una mujer, no es interesante –, falsear su identidad – es la esposa de, la discípula de –, presentarla como un caso único o extraordinario – hay pocas como ella.

La infrarrepresentación y la falta de referentes es el mecanismo más poderoso y, de todos los que Russ ilustra en su libro, el que mayor presencia sigue teniendo en la actualidad. Esta falta de genealogía femenina alimenta, en palabras de Ana López Navajas, un desconocimiento del saber femenino que a su vez redunda en un menor reconocimiento social y valoración pública. Además, como el legado no llega, provoca una falsa imagen de que nunca hubo mujeres escritoras. Se produce lo que la poeta Noni Benegas ha llamado una pérdida del capital simbólico que nos obliga a estar siempre empezando de cero.

La infrarrepresentación y la falta de referentes es el mecanismo más poderoso y, de todos los que Russ ilustra en su libro, el que mayor presencia sigue teniendo en la actualidad.

“Privadas de una tradición, acusadas de todo tipo de cosas, de ser indecentes, ridículas, excepciones, indignas de ser amadas, de miseria, de locura y (posteriormente) de suicidio, criticadas por ser femeninas, criticadas por no ser femeninas, …….., aún así, las mujeres siguen escribiendo.”  Joanna Russ Cómo acabar con la escritura de las mujeres

Como resultado, tenemos una cultura sin mujeres, esto es, una cultura no solo incompleta sino distorsionada. Así que, si no quieres contribuir a la distorsión, regala obras de autoras, compra libros de autoras, lee libros de autoras, recomienda obras de autoras. No hace falta que sea el Día del Libro. Hay escritoras para todos los días del año. Y del milenio.

 

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Circulo de Mujeres de Valencia